Registrar la vida

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La particular filmografía de Linklater ha tenido como constante más característica algo, o mucho, de experimental. Así, ha ido construyendo películas que con el tiempo se han acabado convirtiendo de alguna manera en referentes. Su obra más conocida- y reconocida- hasta el estreno de Boyhood era la trilogía Antes de…, noble acercamiento al ascenso y ocaso de la vida en pareja, rodada en tres periodos separados por nueve años pero conservando los mismos actores, Ethan Hawke y Julie Delpy. En aquel maravilloso proyecto que merece la pena revisar Linklater hizo lo imposible por captar pequeños trozos de vida, fragmentos vitales fácilmente reconocibles sin necesidad de haber tenido que pasar por ellos. En Boyhood, película que nos ocupa, Linklater ha ido un paso más allá forjando una obra de colosal magnitud que sólo como experimento cinematográfico es ya inédito, y que ha acabado consagrando al director norteamericano como uno de los grandes narradores de la actulidad.

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Oso de Plata a la mejor dirección en Berlin, el audaz experimento del realizador de Texas tiene similitudes en la historia del cine, aunque quizás su magnitud y ambición no tengan parangón en la gran pantalla. El proceso de grabación, la programación, el diseño de producción, lo que podríamos llamar los factores externos de la película, suponen un desafío sin precedentes. Aunque, si bien no existen proyectos comparables acabados, si existe alguno malogrado como el del danés Lars von Trier y su Dimension, que consistía en grabar fragmentos de tres minutos a lo largo de 30 años – de 1991 a 2021—. Pero aquél genial y descabellado proyecto cayó en saco roto. Quizá lo único comparable sean las series de televisión, donde la narrativa permite un desarrollo de los personajes y la trama mucho más dilatados. Y así hemos visto crecer, por ejemplo, a Meg y Toni Junior en la imprescindible Los Soprano.

Boyhood cuenta la historia de Mason, (Ellan Coltrane) y de todos los cambios que suceden en su vida a lo largo de 12 años: desde el primer cambio de colegio, las relaciones familiares,  el primer amor, la primera ruptura, las primeras pasiones y procesos dolorosos, la entrada en el instituto, la pubertad y la madurez hasta la entrada en la universidad. Todos los grandes momentos de la juventud, el constante cambio, el descrubrimiento continuo, eso que en definitiva llamamos madurar, es registrado admirablemente por la cámara de Linklater. Momentos intrascendentes que hacen del conjunto final algo mucho mayor que la suma de sus partes, y de su totalidad algo enorme, majestuoso y único. Todo ello acompañado de un tremendo trabajo actoral, una selección musical cuidada al detalle, y un trasfondo histórico (el final del gobierno de Bush, la llegada a la presidencia de Obama) que se va encajando en la película de una manera tan deliciosa y natural que acaba formando parte de la misma sin que nos demos cuenta. Y lo hace Linklater con un dominio magistral de la narrativa, echando mano de las elipsis sin avisar, sin separaciones, hasta que nos percatamos, por detalles, de que ha habido un salto temporal -porque suena una canción, o algo en la televisión nos avisa o, simplemente, porque el paso del tiempo no se olvida de unos actores a los que vemos crecer: tienen un peinado distinto, son más altos o gordos, lucen más canas o menos pelo-. El tiempo en el cine y en la realidad, unificados.

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Sorprende la capacidad de Linklater para mantener el mismo tono e intenciones durante doce años, como sorprende que una serie mantenga la misma línea siendo dirigido cada capítulo por un director distinto. Linklater, para bien o para mal, no es el mismo director que cuando empezó a rodar, ha evolucionado, ha trabajado en otros proyectos, seguramente haya madurado profesionalmente. Lo que está claro es que no es el mismo. Y, sin embargo, la homogeneidad de su trabajo es encomiable. Tampoco resulta fácil de entender cómo ha podido llevarse acabo el proyecto, cuando su fragilidad es evidente. Estamos ante un trabajo cuyo proyecto era tremendamente endeble, que podría haber fracasado fácilmente, ya sea por la caída de algún miembro del reparto (no hubo contrato más allá de las promesas de los actores), por cambios de parecer, por falta de interés, de presupuesto o por cualquier dificultad que pudiera surgida en un trabajo que se ha alargado, sólo en el rodaje, durante doce años repartidos en treinta y nueve días de rodaje.

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Ante tal colosal proyecto, si lo conoce de antemano, el espectador puede responder de manera natural con cierto prejuicio: si las intenciones del director son tan inmensas, casi disparatadas, su película acabará siendo pura pretenciosidad. Nada más lejos. Linklater mantiene los pies en el suelo, en ningún momento es presuntuoso. Resulta paradójico, contrario si quieren, el contraste entre la forma y el fondo de Boyhood, entre lo que creemos que vamos a ver y lo que realmente vemos. Contar la vida, registrarla, algo tan cotidiano, tan particular y a la vez universal –lo que ha intentado y sigue intentando el cine- es en sí mismo arriesgado, y más haciéndolo de la forma que lo ha hecho Linklater. Y entonces nuestros prejuicios se derrumban. Lo espectacular del filme no se encuentra (solo) en los costoso, atípico y arriesgado del proyecto, sino en la sencillez y maestría con la que cuenta algo tan simple (y complicado al mismo tiempo) como es el proceso que llamamos vivir. Reside en esa maravillosa humildad y sincera modestia que desprende la película, sin virtuosismos ni alardes imposibles. Es en esa naturalidad narrativa, la que hace que la película rezume realidad y credibilidad durante los 165 minutos de su metraje, donde está el verdadero mérito del director de Austin. Su ejecución es magistral, su clarividencia y dominio de la narrativa, únicos. La grandiosa sencillez de los buenos cineastas, el aroma del gran cine.

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