Terna funcional

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Conocido por su trayectoria en biopics, entre los que destaca Capote, Bennet Miller soprendió a propios y extraños con Moneyball, una película de insospechado éxito pese a tratar un tema (el baseball) de no demasiado interés fuera de Estados Unidos, Japón y Venezuela. En ella, Miller contaba la exitosa trayectoria del director general de los Oackland Athletic, modesto equipo de la MLB que consiguió abrirse un hueco entre los mejores equipos de la liga gracias a una gestión estadística pionera.

Vuelve en Foxcatcher a tratar un deporte minoritario, un asunto a piori de poco  interés para el espectador no especializado (o freak) del tema. Y lo meritorio es que tanto en Moneyball como en Foxcatcher consigue interesar al espectador. Si en aquella fuera la gestión de un modesto equipo de baseball, a través de los números, para conseguir catapultar los resultados de un equipo hundido, en esta se centra en la historia real de un multimillonario que de la noche a la mañana decide convertirse en el mecenas del equipo de lucha grecorromana estadounidense para los JJOO de Seúl  de 1988. O al menos esa es la coraza, detrás de la que subyacen temas como los valores del deporte, la adicción a las drogas, la depresión, la diferencia de clases, los egos y el egoísmo, el éxito y el fracaso ligados a la competitividad desacerbada, las relaciones familiares o la ambición personal. Miller bucea con este retrato olímpico en algunas zonas de profunda oscuridad del ser humano, no sin cierto recargamiento en según qué partes del film, y el resultado es positivo gracias a una historia que interesa, pero sobre todo a un trío protagonista complejo, lleno de matices, oscuridad y ambigüedad, que funciona a la perfección.

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Este drama social, psicológico y, si quieren, deportivo, presentado en la pasada edición de Cannes, funciona porque su trío de actores, espléndidos y magnéticos, lo hacen. Steve Carell, que interpreta al millonario, siniestro y oscuro que fue en la realidad John Eleuthère du Pont, nominado al Oscar por su actuación, igual que Mark Ruffalo, destaca en un papel muy alejado de la comicidad a la que nos tiene acostumbrados en anteriores filmes (Los amos de la noticia, Inside Comedy). También porque su guión, ágil y afilado, trufado de diálogos excelentes (elaborado, curiosamente, por tres guionistas), rico en recursos, registros y variaciones de género (del drama a la comedia en apenas dos secuencias),  rebosa calidad. Y porque su dirección, que divide dos historias que acaban por encontrarse, premiada en la Croisette, con un gran manejo del tempo narrativo, es también magnífica. Por un lado la historia de Mark (notable Channing Tatum), bucea en el deporte de élite, en la presión a la que someten a los deportistas, en la extenuación, en los límite del cuerpo humano y en las capacidades físicas; y por el otro, el pulso que mantienen el entrenador y el hermano de éste (Carvell y Ruffalo, respectivamente) por ganarse la confianza del atleta, convencerle de sus cualidades, y conseguir llegar a entrenarle.

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La historia, aunque plana y anticlimática (lo que no es necesariamente negativo), cautiva y atrapa al espectador por momentos, es brillante en unos pocos e interesa siempre. Este es, sin duda, el mejor filme hasta la fecha de Bennet Miller y un gran acercamiento al mundo del deporte. Lo tendrá difícil en la gala de los Oscar, pero ahí está.

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