Sin perdón

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Los noruegos fueron pioneros en esa forma de hacer televisión que The Hollywood Reporter acabó denominando slow tv. Un necesario contrapunto de lo que hasta entonces se hacía en la televisión serializada, especialmente la norteamericana, caracterizada por un ritmo frenético que no da descanso al espectador, con giros de guión constantes e imposibles, con cliffhangers poco verosímiles, con tramas forzadas, personajes que llegan a revivir y situaciones difícilmente creíbles. La slow tv rompe con todo eso. La evolución y el desarrollo de sus tramas es fluído pero lento, hay lugar para la reflexión, se deja llevar de forma natural, sigilosa, sin abusar de la elipsis ni los artificios, sin acontecimientos forzados, sin grandes sucesos. Para muchos espectadores acostumbrados al ritmo vertiginoso de muchas producciones, se trata de series en las que nunca pasa nada.

Rectify es una de las series que mejor representa esta nueva forma de hacer televisión. Producida por parte del equipo que dio vida a Breaking Bad, lo apuesta todo al tono y a la forma, hasta convertir la calma y el ritmo pausado en una seña de identidad, en un actor más de la serie. Se trata de la primera producción de Sundance TV, un canal que es hijo natural del Festival de Sundance, pergeñado por Robert Redford, con el que comparte ese inconfundible aroma indie, alejado de las grandes audiencias, con propuestas arriesgadas, nuevas, con intenciones radicalmente opuestas a las de los lanzamientos clónicos de cadenas generalistas que nunca han buscado innovar.

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La serie arranca en el mismo instante en que una nueva prueba de ADN exculpa a Daniel Holden de un crimen que le ha mantenido 19 años en el corredor de la muerte. La primera temporada recorrerá junto a Daniel los 7 días posteriores a su salida de la cárcel. El regreso a casa tras más de media vida en prisión. Liberado de la justicia pero sin el perdón de la sociedad, será en la segunda temporada cuando comience realmente la trama, cuando Daniel descubre las posibilidades que le ofrece la vida en libertad, las nuevas tecnologías, la vida adulta en la que entró hace tiempo pero que nunca pudo disfrutar, experimenta lo que es realmente vivir. A través de su personaje principal y de los que le rodean, nos habla de la culpa, de la capacidad de perdón, de los límites de la justicia, de la soledad, de la familia, de la reacción de todo un pueblo que se ve sacudido por la liberación de un Holden que reconoció, sin que el espectador sepa por qué lo hizo, la autoría de los hechos.

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La sombra de la sospecha sobrevolará cada capítulo de la serie. Pero más que un drama carcelario en el que se trata de dilucidar la culpabilidad o inocencia del protagonista, nos encontramos ante un drama social, psicológico y también sociológico en según qué capítulos, lleno de interrogantes, de lugares oscuros, de dilemas morales, de zonas sin explorar y de preguntas sin respuesta. El ritmo es lento porque así lo requiere una historia que pretende adentrarse en la nueva vida de un protagonista desnortado al que le cuesta adaptarse a una nueva realidad. Un protagonista con el que el espectador empatiza desde el inicio,  y del que entiende sus reacciones, también sus miedos, sus lamentos,  los tormentos provocados por una sociedad a la que no está acostumbrado, para la que no le han preparado.  Lo mismo ocurre con unos familiares que son los únicos que creen en la inocencia de un protagonista del que el espectador conoce información ofrecida con cuentagostas. Un ser complejo, reflexivo, melancólico, taciturno e inestable, impulsivo, ambiguo, repleto de sombras,  que vive en un pequeño pueblo de atmósfera acusadora, una localidad que no reconoce y en la que se siente señalado constantemente. Un pequeño pueblo cerca de Georgia, al sur de Estados Unidos, que transpira violencia, inseguridad y que se ha convertido en su nueva cárcel, en su nueva condena.  Daniel es un extraño en su propia comunidad, un recluso en libertad que se va conociendo a sí mismo al mismo tiempo que le conoce el espectador.

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Junto al ritmo pausado que fluye con total naturalidad, el drama intimista que es Rectify centra su historia en la elaboración de unos personajes de interpretaciones soberbias. Más que lo que dicen trasciende lo que callan, lo que transmiten sus miradas, sus silencios. Todos guardan secretos, motivos de duda, oscuridad y ambigüedad moral. Todos tienen parte de razón y razones para ser comprendidos. Nadie queda libre de sospecha. La serie, máximo representante de la slow tv en televisión actual, nació con vocación de miniserie y ya va por su tercera temporada y tiene prevista una cuarta, que puede ser la última. Una serie que se resiste a seguir los cánones marcados por Hollywood, alejada de las normas y de lo convencional, de las grandes audiencias y del implacable share. Una serie compleja que no es para todo el mundo, a la que no es fácil engancharse pero que no te suelta una vez lo haces. Y te deja hecho una mierda, te engulle. Una serie devastadora, apabullante, dolorosa.

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