Un idilio exquisito

dt.common.streams.StreamServerHubo directores que llegaron a coleccionar premios Oscar como si de cromos o soldaditos se tratase. John Ford, Frank Capra y William Wyler son sólo algunos ejemplos de grandes directores que amasaron un importante número de estatuillas. A la Academia, sin embargo, no le ha temblado el pulso a la hora de ningunear a realizadores que se fueron (a la tumba) de vacío, a pesar de que el tiempo ha acabado por encumbrarles en el Monte Olimpo del Cine. No en vano, directores trascendentales a la hora de engrandecer la historia y la percepción del Séptimo Arte como Fellini, Kurosawa, Ozu o Bergman nunca obtuvieron el codiciado premio. Se puede alegar que su cine se alejaba de los cánones establecidos por Hollywood, reconocibles e identificables, o que sus aportaciones al cine no fueron evidentes hasta que el tiempo permitió verlos con perspectiva. Bien. Pero esa excusa no vale para cineastas mucho más academicistas, personalidades que incomprensiblemente nunca recibieron un Oscar como Ernst Lubitsch, Orson  Welles, Charles Chaplin, Fritz Lang, Howard Hawks o Stanley Kubrick, por señalar solo algunos de los casos más chirriantes. Salvando las distancias y sin querer entrar a comparar, resulta difícil de comprender que la Academia haya desestimado el nuevo trabajo de Todd Haynes, Carol, una de las películas más interesantes del año pasado que no peleará por el Oscar a Mejor Película ni a Mejor Director.

Cate BlanchettHaynes, posiblemente el esteta por antonomasia del cine norteamericano, convierte lo que podría haber sido un almibarado telefilme, un excesivamente edulcorado drama romántico, en una reivindicación político-social tierna, preciosista y contundente, sin moralinas ni medias tintas, que alcanza la excelencia gracias a una poderosa puesta en escena y a la sobresaliente actuación de su pareja protagonista. El filme parte de la novela homónima, quién sabe si autobiográfica, que Patricia Highsmith publicó bajo seudónimo (Claire Morgan) en 1952, una suerte de cuento de navidad que narraba la aventura que mantuvieron Therese, (Rooney Mara) con la sofisticada y elegante Carol (Cate Blanchet), a la que conoció mientras trabajada en una tienda de ropa. Juntas vivirán un fugaz aunque idílico lío amoroso que les obligará enfrentarse a las adversidades de una sociedad reaccionaria que aún no aceptaba ese tipo de relaciones, a las que observaba con desprecio y recelo, en el mejor de los casos, cuando no con insultos o violencia. Dos mujeres que proceden de mundos radicalmente opuestos, de muy distinta clase social, igual que su manera de afrontar la vida. Una diferencia que, lejos de separarlas, aumentará el asombro y la fascinación mutua que se profesan.

carol-39Haynes enmascara bajo aparente sencillez una película repleta de capas, textos, interpretaciones y relecturas que subyacen en cada silencio, en cada doble sentido, en cada movimiento de manos, en cada decisión formal (la planificación, la maravillosa fotografía a cargo de Ed Lachman que evoca a lo onírico, a lo idealizado; la música, las funciones simbólicas de algunos elementos –los pasillos, la profundidad de campo, los marcos, los espejos, las puertas o las ventanas–, la proximidad o lejanía de la cámara y sus movimientos según requiera la situación, etc.). Cada mirada, cada detalle aparentemente intrascendente, nimio, aquí cobra sentido y tiene un significado que trasciende lo evidente.

carol-set-design-002Todos los planos del filme, sin excepción, respiran precisión, elegancia e intencionalidad narrativa. Todos sugieren algo. Nada es casual ni puede ser de otra manera, porque su significado sería distinto. Haynes nos sitúa con delicadeza y asombrosa sutileza en la intimidad de una pareja frágil desde sus inicios que parece anhelar una escapatoria lejos del indecoroso mundo que las oprime, que no las permite expresar sus sentimientos, que las constriñe y las impide amar, liberarse y cicatrizar así sus heridas. Temática, por cierto que ya abordó Haynes en Lejos del cielo (2002), título que guarda gran relación con la película que nos ocupa, y con la miniserie de HBO Mildred Pierce (2011).  Esa apertura de puertas a un mundo tan íntimo es en realidad una reivindicación incondicional que pide a gritos respeto, tolerancia y liberación (no necesariamente sexual), y también arrojo, valor y osadía para alcanzar los anhelos sin importar el qué dirán.

cate_blanchett_daughter_carol-xlargeUn trabajo íntimo y exquisito que bucea en las complejidades del ser humano y que supone un excelente estudio de los puntos de vista, de la peculiaridad de las miradas, del subjetivismo. Una fiel reconstrucción de época con importante presencia de lo onírico en la que, no obstante, todo es tan real que duele, molesta e incomoda y, claro, embelesa, fascina. Sin exhibicionismos, sin grandes discursos, sin necesidad de alzar la voz en ningún momento, casi desde la sombra, Haynes desmonta las convenciones sociales, tan conservadoras, que imperaban en los Estados Unidos de mitad de siglo para ofrecernos un drama clásico –en el mejor sentido del término– desde las posibilidades y la libertad creativa actual.

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