Gritos pasionales

MON_ROI_StillConvaleciente por una grave lesión de rodilla, Tony (Emmanuelle Bercot) se recupera -no sólo física, también anímicamente tras una relación tormentosa- en una clínica de rehabilitación cerca de alguna región indeterminada de la costa francesa. Allí recuerda su pasado más cercano, los inicios y el desarrollo de esa relación pasional que pronto se tornará convulsa, ilógica y catastrófica; el posterior crecimiento de su hijo fruto de ese matrimonio y las motivaciones que provocaron la ruptura. Vista con la perspectiva que solo proporciona el tiempo, Tony se da cuenta -al espectador le vale con apenas un flashback de los muchos que emplea la narración- de que se trataba de una relación tóxica y destructiva en todos los aspectos.  No se reconoce a sí misma en la persona que fue apenas un lustro atrás, ni entiende las motivaciones que le llevaron a permanecer tanto tiempo junto a un hombre (auto)destructivo, con el que sufrió y del que llegó a sentir una dependencia difícilmente comprensible para el observa la relación desde fuera.

4b40a4521416d09c9b54e2ed46dad2e07d60a0f5Dirigida por Maiwenn Le Besco, cineasta francesa de la que cuesta encontrar los motivos que la llevaron a repetir por su segunda vez en el Festival de Cannes, la cinta explora en el dolor y en las heridas provocadas por las relaciones sentimentales de dependencia. Y lo cierto es que funciona mejor en su primer tercio, cuando se desata la pasión y el frenesí entre dos adultos que, ya avanzada la cuarententa, se resisten a aceptar su soltería. Es en ese momento, en el que la luminosidad inunda de color el relato, cuando el espectador alcanza cierto grado de empatía y de reconocimiento en ambos personajes, en sus sentimientos, en la irracionalidad del nuevo amor, en su frescura, en sus reacciones. Sin embargo, otro tipo de irracionalidad se adueña pronto de la película. Los personajes cambian de manera inexplicable, sus actitudes  resultan incomprensibles para un espectador que presencia una cinta plagada de lugares comunes sustentada sobre una amalgama de gritos e histerismo que no encuentran motivación aparente. Las rupturas y los reencuentros se suceden sin explicación, llevando hasta las últimas consecuencias aquello de quien bien te quiere, te hará llorar. Los virajes de los personajes se mantienen sin dar pistas siquiera de las razones que les llevan a ello. Simplemente lo hacen movidos por un descontrol pasional que ni ellos mismos comprenden, próximo a la neurosis. Y así llega el hijo, un nuevo lugar común que le sirve a la directora para calmar un poco los ánimos, un nuevo motivo para que ambos personajes traten de reencauzar la relación. Pero pronto vuelven los gritos, las discusiones sin causa, los cristales rotos y los llantos. Todo es tan caprichoso como el comportamiento de ambos protagonistas, presos de una relación condenada al fracaso desde su inicio, pues el supuesto amor que se profesaban era en realidad un engaño mutuo provocado por el miedo a la soledad.

mon-roiMaiwen no da siquiera la posibilidad al espectador de que se posicione junto a uno de los personajes. Sus reacciones son tan arbitrarias, tan infantiles en más de una ocasión, que no hay manera de no mantenerse indiferente ante comportamientos tan faltos de lógica. La pobre escritura de unos personajes de los que desconocemos su pasado, tampoco ayuda a explicar nada. Ninguno de los dos parece percatarse de la situación, y esto no ocurre porque ambos estén demasiado enamorados como para darse cuenta. Simplemente lo ignoran. Sus interpretaciones, muy por encima del nivel de sus personajes, especialmente el de Bercort, cuyo trabajo fue reconocido en Cannes, son lo único que mantiene viva la credibilidad de una cinta en la que la sutilidad está ausente en pos de unos gritos y un histerismo que se repiten excesivamente como recurso.

Minu_kuningas_13Y los clichés no cesan ahí. Ella es presentada como la víctima de una relación adictiva y viciada, alguien capaz de renunciar a todo para conseguir una ansiada estabilidad emocional de la que carece; él, en cambio, desvela su condición de seductor irredento y atractivo que juega con los sentimientos de las mujeres. Ambos, junto a la modélica pareja amiga, en la que todo fluye con naturalidad, conforman un ni contigo ni sin ti de manual que ya nos ha mostrado antes -y da la sensación que de mejor manera- el cine en cintas como Nosotros no envejeceremos juntos (Maurice Pialat, 1972) o La mujer de al lado (François Truffaut, 1982). Aquí, a diferencia de aquellas, la intensidad trata de ser sustituida por lágrimas y gritos, por comportamientos que no se pueden explicar ni desde la irracionalidad de la pasión.

De esta manera, la cinta acaba revelándose como un melodrama en forma catarata inconsistente de discusiones, clichés y lugares comunes presuntamente cuestionados, donde no se atisba el estudio sobre las contradicciones del amor, sobre el doloroso poso que esconde la pasión o sobre el desgaste de las relaciones sentimentales que en apariencia pretende ser.

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