El silencio que se impone

El-caso-Fritz-Bauer-6_ampliacionDoce años después del final de la II Guerra Mundial, el nazismo seguía muy vivo en Alemania. Al menos eso es lo que muestra El caso de Fritz Bauer, nueva película de Lars Kraume que inadaga en la imposibilidad de enjuiciar el pasado debido al inmovilismo del presente, ese que anula cualquier intento de hacer justicia, de reparar el daño. Fritz Bauer es el fiscal general del estado de Hessen, un hombre íntegro que trata, de manera incansable, de impartir justicia en un territorio que se niega a desenterrar su pasado más reciente. Del mismo modo, el filme pone de relieve que no es oro todo lo que reluce en Alemania y que más de una década después el gobierno alemán aún estaba dirigido por los mismos que ostentaban el poder con Hitler, muchos de los cuales eran verdugos o responsables de la deportación y posterior ejecución (y demás crímenes de guerra) de millares de judíos y  que potencialmente podían ser juzgados por ello. Sigue leyendo

En el corazón de la miseria

 

Productora 35, S.A. de C.V.El blanco y negro es hoy una rareza en el mundo del cine. Un espacio reservado para unos pocos, algunos dicen que privilegiados, cuya carrera o capacidad de convicción es reconocible, o al menos suficiente como para que las productoras, que no suelen asumir el riesgo por el grado de rechazo o de poca aceptación entre el público, den el visto bueno para llevar a cabo un proyecto en estas dos tonalidades. Lo cierto es que el blanco y negro sirve para contar un cierto tipo de historias que no transmiten igual en color. Lo mismo ocurre al revés. Muchas veces el color es algo demasiado vivo, alegre si quieren, para contar historias míseras, para hablar de dolor, de desolación, de tristeza y de desesperanza. Quizás por eso Arturo Ripstein,  director con suficiente reputación para sacar adelante un proyecto en  denostado blanco y negro, ha elegido esta opción para su tenebrosa, buñuelesca -y en ciertos aspectos valleinclanesca– nueva película, La calle de la amargura. Sigue leyendo

Una noche en Berlín

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El tiempo ha sido uno de los temas capitales desde el nacimiento del cine. Capturarlo, modificarlo, distorsionarlo, analizar sus posibilidades, atraparlo, grabarlo. El tiempo es sin duda un motivo recurrente, trascendental, indisociable al único arte que combina espacio y tiempo. El plano secuencia es posiblemente la máxima expresión del tiempo en el cine, ya que convierte la acción en narración en tiempo real y lo equipara con el cinematográfico, los aúna. Además sirve para introducir al espectador dentro del filme, aportando una sensación de proximidad y participación únicas. No hay elipsis ni cortes en esta elección estilística, ya que toda la acción sucede en un solo plano. Por ello, muchos cineastas han optado por esta elección formal a lo largo de la historia del cine. Hitchcock pretendió que La Soga sucediera en un plano único, pero las limitaciones del celuloide le obligaron a falsearlo en planos secuencia de diez minutos enlazados mediante encadenados. Lo falseó Cuarón en el celebrado plano de apertura de Gravity. Y repitió el proceso Iñárritu en la notable Birdman. Alexander Sokurov lo llevó finalmente a cabo de manera real en su película El arca rusa pero se limitó a una única localización. Victoria, del alemán Sebastian Schipper, lo ha conseguido, parece que sin proceso digital mediante. Una proeza formal sin precedentes: 130 minutos sin cortes, sin elipsis, sin descanso. Sigue leyendo

Religión y fanatismos


Con la libertad creativa que le ha dado el prestigio de una corta pero poderosa y excepcional filmografía, Alejandro  Amenábar ha podido gozar siempre, o al menos después de Tésis y Abre los ojos, de generosos presupuestos y absoluta libertad creativa. En los 20 años que lleva dirigiendo se ha tomado su tiempo para pergeñar las 6 películas que componen su filmografía. Sin prisa, reflexionando, ha hecho el cine que ha querido, con los medios que ha necesitado, sin necesidad de aceptar encargos, adaptar obras o guiones de otros, o de hacer películas que, en definitiva, no sentía como propias. Sigue leyendo

Escondidos en Innisfree

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En las notables Escondidos en Brujas y Siete psicópatas el director inglés de ascendencia irlandesa Martin McDonagh dejaba claro que el inicio de sus películas eran una suerte de prólogo, una declaración de intenciones de lo que el espectador iba a encontrarse a continuación. Aquellos comienzos claros y directos, potentes y eficaces conseguían desde el primer momento captar la atención de un espectador aturdido, intrigado sin opción por saber cómo se resolverá el embolado que acaba de ver. Jhon Michael McDonagh ha tomado prestada, en su segundo filme, la misma fórmula que tan bien le ha funcionado a su hermano pequeño. Juega con el espectador de la misma forma: un cura llamado James Lavelle (brillante interpretación, no podía ser de otra manera, de Brendam Gleeson) está confesando, el plano es fijo, cercano; la luz, oscura, su cara apenas perceptible. Su interlocutor, anónimo y al que no veremos la cara en ningún momento, le dice que sufrió abusos sexuales cuando era sólo un niño y que el cura lo consintió pese a que estaba al corriente de todo lo que ocurría. Y que por ello, le asesinará en una semana.
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La sombra de la sospecha

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Si algo caracteriza la carrera cinematográfica del director David Fincher por encima de todo-amén de su dominio narrativo- es la capacidad que tiene para hacernos dudar. Sin necesidad de ocultar, más bien todo lo contrario, mostrando abiertamente las cartas con las que juega, consigue que dudemos, huye de las certezas, juega con la ambigüedad. E inevitablemente, también juega con nosotros.

La sombra de la sospecha, la duda, sobrevuela todo el filme, algo característico como decimos de su cine, incansable artesano de hacernos dudar en cada plano de sus películas. Pero Perdida es, si cabe, un caso paradigmático al a hora de confundir intencionadamente al espectador, de hacerle pensar una cosa y la contraria en apenas un instante. Genera desasosiego y siembra la duda en el espectador con apenas una mirada, un matiz, un gesto de cualquiera de sus complejos personajes. Sigue leyendo

Equilibrio perfecto

big-bad-wolvesEl gasto en promoción de una película suele ser elevado, desorbitado en ocasiones. Una buena campaña de promoción no te asegura, sin embargo, un gran éxito en taquilla. Pero lo normal es que si es Tarantino –desinteresadamente– el que lo hace, la taquilla la tienes asegurada. Dijo de Big Bad Wolves, película israelí de presupuesto minúsculo, que era, no solo la mejor película del festival de Busan, sino la mejor del año. Impagable. Y claro, situó a la cinta en el centro de todas las miradas y provocó una vorágine de insospechadas consecuencias. Las palabras del director de obras como Pulp Fiction o la reciente Djando desencadenado, seguramente desmesuradas y mal medidas, sí que tienen, en cierto sentido, razón de ser. Al menos si nos atenemos al tipo de cine que realiza Tarantino y a sus peculiares gustos cinematográficos.

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