Un idilio exquisito

dt.common.streams.StreamServerHubo directores que llegaron a coleccionar premios Oscar como si de cromos o soldaditos se tratase. John Ford, Frank Capra y William Wyler son sólo algunos ejemplos de grandes directores que amasaron un importante número de estatuillas. A la Academia, sin embargo, no le ha temblado el pulso a la hora de ningunear a realizadores que se fueron (a la tumba) de vacío, a pesar de que el tiempo ha acabado por encumbrarles en el Monte Olimpo del Cine. No en vano, directores trascendentales a la hora de engrandecer la historia y la percepción del Séptimo Arte como Fellini, Kurosawa, Ozu o Bergman nunca obtuvieron el codiciado premio. Se puede alegar que su cine se alejaba de los cánones establecidos por Hollywood, reconocibles e identificables, o que sus aportaciones al cine no fueron evidentes hasta que el tiempo permitió verlos con perspectiva. Bien. Pero esa excusa no vale para cineastas mucho más academicistas, personalidades que incomprensiblemente nunca recibieron un Oscar como Ernst Lubitsch, Orson  Welles, Charles Chaplin, Fritz Lang, Howard Hawks o Stanley Kubrick, por señalar solo algunos de los casos más chirriantes. Salvando las distancias y sin querer entrar a comparar, resulta difícil de comprender que la Academia haya desestimado el nuevo trabajo de Todd Haynes, Carol, una de las películas más interesantes del año pasado que no peleará por el Oscar a Mejor Película ni a Mejor Director.

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