Atravesar el cielo

the-walk-114_300_mktg_art_v023_r_rgb.jpgAnte la pregunta de por qué escalar el Everest o cualquier otro pico inaccesible para el común de los mortales, una decisión difícilmente explicable desde la racionalidad, hemos visto responder a no pocos alpinistas con cierta naturalidad e ironía que lo hacen porque está ahí, porque existe. Esa enigmática atracción por la belleza de lo peligroso ha empujado al ser humano a intentar lograr lo imposible para que deje de serlo; algunos de esos retos son, en buena medida, los que han permitido que se alcancen metas que en un tiempo pretérito eran impensables. Algo parecido debió de pasar por la cabeza del equilibrista Philippe Petit cuando, con 25 años, vio por primera vez las Torres Gemelas de Nueva York en un periódico. Quedó fascinado por aquellos dos mamotretos de hormigón y metal que superaban los 400 metros de altura, lo que le llevó a viajar desde su Francia natal hasta Estados Unidos y a planificar una suerte de golpe en el que burlaría los controles de seguridad para lograr recorrer los 43 metros que separaban la torre norte de la sur del World Trade Center. Un desafío genial y descabellado que acabó recibiendo el nombre de “crimen artístico del siglo” cuya difícil comprensión ha llevado a dos cineastas a trasladarlo a la gran pantalla recientemente. Sigue leyendo

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Cirugía moderna

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Steven Soderbegh, irregular aunque en ocasiones magnífico director de cine, capaz de sacar a la luz películas sobresalientes como Traffic, por la que recibió un Oscar, o Sex, Lies and Videotapes, ópera prima que le valió la Palma de Oro en Cannes, y otras decepcionantes como Solaris o Haywire, es el único cineasta que ha sido nominado en el mismo año como Mejor Director por dos películas diferentes en los Premios Oscar, los Globos de Oro y los premios del Directors Guild of America. Ha seguido el mismo camino que muchos de los más importantes realizadores, productores y actores de Hollywood. Tras dirigir 33 películas en las que hay de todo, cintas muy buenas, buenas y regulares, declaró a a Associated Press que lo dejaba y se pasaba a la televisión. “La audiencia cinematográfica estadounidense ya no parece demasiado interesada en ninguna clase de ambigüedad o auténtica complejidad en lo que hace referencia a los personajes o a la narración”, aseguró. Y justificó su decisión diciendo que cree “que esas cualidades se encuentran ahora en televisión y que la gente que quiere ver historias con esas características se dedica ahora a ver televisión”.

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Un héroe para una tragedia


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La complejidad e intensidad de The Wire, serie por antonomasia de David Simon y casi podría decirse que de HBO y de la televisión del siglo XXI, exigía, y exige en sus infinitas e inabarcables relecturas y visionados, una atención y una predisposición que no todo espectador estaba dispuesto a aceptar. Eso lo sabía muy bien Simon, de ahí su frase lapidaria y reveladora “que se joda el espectador medio”. Y lo supo también con sus dos óperas primas, Homicide y The Corner, y con la minuciosa Treme, aquella que recuperaba el dolor que supuso para Nueva Orleans el huracán Katrina, y que exigía un amor por la ciudad y por la música jazz que no todo el mundo conoce ni admira. Esas y otras razones explican sus bajas cotas de audiencia, especialmente en el momento de su emisión (posteriormente, salvo rara excepción, sus series se convierten en productos de culto). Pero con Show me a Hero la historia cambia. Sigue leyendo

Eso que llamamos vivir

Frances-sueno_EDIIMA20140406_0418_5El impredecible capricho de la distribución ha querido que dos películas de temática similar y rodadas en blanco y negro hayan coincidido en cartelera en nuestro país: la americana Frances Ha y la alemana Oh Boy. La primera, dirigida por Noah Baumbach; la segunda, por Jan Ole Gerster. Ambas, hablan del difícil proceso de hacerse mayor. Dos retratos generacionales, especialmente el segundo por estar localizada en una reconocible ciudad como Nueva York, que guardan estrecha relación con el cine de Woody Allen.

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